Ustedes brillan en lo oscuro

por Liliana Colanzi

Nos metieron a todos en el Estadio Olímpico. El barrio se vació, las puertas de las casas abiertas, la comida puesta y todavía caliente sobre la mesa, los perros aullando por sus dueños en los patios. Nos tuvieron varias horas sin decirnos nada. A mí me daba mucho miedo estar cerca de tanta gente, que Dios me perdone pero incluso los niños me espantaban, los quería lejos de mí, lejos de mí esas manitas sucias, inocentes y tal vez mortales. Nadie sabía dónde, en qué parte del cuerpo o de la ropa se alojaba el veneno. Nos separaron en filas y empezó la revisión.

Sobre todo inspeccionaban los pies: si el detector lanzaba un pitido te mandaban a bañarte una y otra vez con jabón de coco y vinagre hasta que la piel se ponía roja como el urucú1 de tanto frotar. A mí no me encontraron nada, ni a mi madre, ni a mi hermana Ana Lúcia, ni al tío Silas, ni tampoco a mi prima Gislene, que andaba siempre entrando y saliendo de los bares y frotándose contra los hombres, pero a mi padre sí. Mi pobre padre, tan estúpido, se había ido a beber al mismo bar donde estaban los buscadores de chatarra2, a escondidas de mi madre y de todos nosotros, con la excusa de ir a comprar el jogo do bicho3. Alguna vez mamá le dijo que ese antro sería su perdición. Y por culpa de la media hora que estuvo en ese bar y por haberse sentado a charlar con los dichosos chatarrerros y porque se contaminó con esa cosa, esa cosa que era más pequeña que un grano de arena y que estaba hecha de fuego, nos evacuaron a todos y demolieron nuestra casa: no nos dejaron sacar ni una foto, ni un recuerdo, ni una prenda de vestir. Mi padre acababa de jubilarse de su trabajo de acomodador en el Teatro Goiânia para poder disfrutar de su casa y de su jardín. Y de un día para otro no quedó ni un solo ladrillo de esa casa. Nada de nada.

Una vez el dueño de la panadería, don Atílio, se encontró con papá en el bus y empezó a decir en voz muy alta, para que todo el mundo se enterara, que mi padre era uno de los enfermos y que qué barbaridad y qué peligro. Al instante empezó el griterío de los pasajeros, que miraban a papá con tales caras de asco y de terror como si hubieran visto una yarará enroscada4, una araña peluda, una rata agusanada, hasta que el chofer paró y obligó a papá a bajarse por hacer quilombo5 en el transporte público. El gobierno nos dio una casa en otra parte de la ciudad, allá donde nadie nos conocía, pero mi padre nunca pudo recuperarse de la pena que le causó el incidente en el bus. Se murió a los dos meses, supuestamente de un fallo renal causado por el trago, pero yo creo que fue el granito de fuego. Varios conocidos empezaron a morir de enfermedades raras y fulminantes.

En esa época yo trabajaba de recepcionista en el Castro’s Park Hotel, el que tiene quince pisos y dos piscinas de azulejo. Me gustaba ese trabajo. En la época del accidente se hospedaban en el hotel los equipos internacionales del Grand Prix, que por primera vez se hacía en la ciudad. Uno de los pilotos me contó que circulaba el rumor de que algo grave estaba pasando en Goiânia y que en cualquier momento podía suspenderse la carrera. Era un hombre muy guapo que llevaba el pelo engominado y hacia atrás y una cadenita con una cruz de oro en el cuello. Antes de irse me pidió el número de teléfono y me regaló un paquete de cigarrillos mentolados que mi prima me robó de la mesita de noche, porque yo no fumo.

Nunca supe si me llamó: días más tarde yo no tenía casa y vivía junto a mi familia en una tienda de campaña. Lo cierto es que una vez se echó a andar el rumor, el pánico se propagó y el hotel se vació de un día para otro. Ya nadie quería venir a la ciudad por ningún motivo, el teléfono solo timbraba por las reservas canceladas y el hotel andaba siempre triste. El gerente me llamó a su oficina un día para despedirme. Era fines de 1987, yo acababa de cumplir diecinueve años y mi padre ya estaba bajo tierra. Así fue como me largué a São Paulo con una amiga, sin conocer a nadie.

Al llegar estuvimos a punto de conseguir un trabajo en una joyería de la calle Barão de Paranapiacaba. Faltaban pocos días para Navidad y la calle estaba temblorosa de lucecitas y guirnaldas. Pero apenas la dueña se enteró de que éramos de Goiânia puso excusas y ya no nos quiso contratar. Cuando estábamos por pisar la calle nos llamó. Por un segundo creímos que tal vez habría cambiado de opinión. La mujer tenía una curiosidad, una pregunta que se le salía de la garganta.

¿Ustedes brillan en lo oscuro?


*** el punto de la chatarra ***
compra y venta de metales en general
teléfono 233-9269

Los recolectores de chatarra llegaron con la carretilla rebosante de fierros: le contaron que había salido de la clínica abandonada que operaba en las avenidas Paranaíba y Tocantins, en los límites del aeropuerto de Goiânia. Devair se acordaba del hospital porque años atrás había visto a los doctores que entraban y salían y a la gente en fila para hacerse tratar el cáncer. Hace tiempo que el edificio estaba en ruinas. Un ala había sido demolida. La parte que permanecía en pie no tenía ni techo ni ventanas, y por esta razón los chatarreros no soñaron con encontrar los muebles y el equipo médico todavía en el lugar. ¿Qué clase de gente podía darse el lujo de abandonar un hospital con el equipo adentro?, dijeron.

A Devair no le importaba de dónde provenía la chatarra: le traían piezas de autos antiguos, televisores viejos, ollas usadas, manubrios de bicicletas, cosas robadas. Los fierros pesaban unos cuatrocientos kilos. Los hombres aceptaron sin regatear los mil quinientos cruceiros6 que les ofreció: estaban yendo directo al bar a curarse el dolor de cabeza con unos tragos. Reparó en el extraño bronceado de los hombres –un tono calabaza intenso–, pero no dijo nada, cosas más raras se veían en el barrio todo el tiempo.

La luz lo sorprendió esa noche mientras fumaba en el patio, al lado del techo de calamina7 del galpón. Brotaba entre los fierros que acababa de comprar y se deshacía en un velo lechoso, iridiscente, de múltiples matices, una luminiscencia azul como de estrella o de fondo del mar. Tuvo miedo. Pensó en los muertos, en el diablo, en los extraterrestres.

Apartó las piezas y descubrió que el resplandor provenía de un cilindro del tamaño de un dedal8: un tesoro en medio de la chatarra. Al hacerlo girar encontró que la luz solo alcanzaba el exterior cuando coincidía con una ventana diminuta: ahora lo ves, ahora no lo ves, como un truco de magia.

Se sentó en el rincón en el que destripaba los electrodomésticos, bajo el foco de la lámpara, con todas las herramientas a su alrededor –la llave inglesa grande y la pequeña, el martillo, el juego de destornilladores, la llave ratchet, el taladro, los alicates, las tenazas, el serrucho con la hoja oxidada y rota– y golpeó varias veces la mirilla con la punta de un destornillador. La ventanita emitió un pequeño crack al romperse. Hurgó en el ojo de la cápsula hasta extraer unos granitos en la punta del destornillador: bajo la luz del foco no eran más que unas sales ordinarias. ¿Podían ser esos granitos el origen de la luz?

Apagó la luz: tal como sospechaba, en la oscuridad las sales se convirtieron en nieve incandescente. Frotó aquella sustancia y el fulgor se extendió por la palma de su mano. Observó, conmovido y perplejo, la combustión celeste. Ahí, entre el resplandor azul y las sombras de los fierros, la idea fue emergiendo en su cerebro como un hongo que asoma la cabeza después de la lluvia: iba a hacerle a su mujer el anillo más bonito, el más brillante, el más insólito. Sonrió.


Estaba en Goiânia por un proyecto del gobierno cuando recibí la llamada. Era el director del hospital para decirme que en los últimos días habían llegado varios pacientes aquejados de un mal desconocido: venían con vómitos, mareos, diarrea, quemaduras. Que la gente le echaba la culpa a un tubo metálico, un fierro del demonio que había traído la mujer del chatarrero. ¿Y dónde está?, le pregunté. En una de las oficinas, dijo el director del hospital. ¿La mujer?, le pregunté. No, el tubo de metal, me dijo. La mujer no sé dónde está. Y añadió: ¿Usted cree que sea posible…? El director sonaba incómodo, temeroso de hacer el ridículo. Usted sabe, esta gente ignorante se inventa cada cosa, dijo. Esperaba que lo tranquilizara, que le dijera: No se preocupe, no pasa nada. Llamé a una agencia de prospección de uranio con la que había trabajado cerca del volcán de Amorinópolis un año antes y les pedí prestado un detector. La secretaria se acordaba de mí con simpatía; la cuestión es que no me pidió ni la firma.

Al llegar al hospital encontré a dos bomberos sentados en la acera, fumando y contando chistes junto al camión bombero. Una enfermera me señaló la oficina donde habían guardado el fierro. El pasillo que llevaba a esa oficina estaba repleto de pacientes: mujeres embarazadas, bebés de brazos, viejos tullidos. A unos ochenta metros de la oficina el detector empezó a comportarse de forma muy rara: la aguja saltaba tanto que pensé que estaba defectuoso. Regresé al hospital con un nuevo detector. Una vez más, a ochenta metros de ese cuarto el detector empezó a saturarse. Eso solamente podía significar dos cosas. O que ambos detectores estaban defectuosos o que el hospital era una bomba radiactiva.

En eso uno de los bomberos entró a la oficina y salió con una bolsa: me sonrió como si llevara un sándwich de mortadela en la mano. Era la bolsa de nylon donde estaba guardado el fierro. No tenía ni guantes: recién entonces me di cuenta de que el bombero era poco más que un niño. Le pregunté qué estaba haciendo. Voy a tirarlo al río, me dijo. La secretaria del hospital tenía una radio a pilas: me miró con ojos soñadores mientras sintonizaba una canción de Cazuza9 con sus uñas laqueadas. Yo me escuché gritar ¡por el amor de dios! con una voz que era un chillido, un pitido, el graznido de un pájaro asustado y ridículo.

Inmediatamente evacuamos la posta de salud.


Devair ignoraba para qué servía el polvo que encontró dentro del cilindro y que resplandecía la noche entera a los pies de su cama. Gabriela, su mujer, se quejaba de que el brillo le producía dolores de cabeza y sueños muy extraños; le irritó su falta de entusiasmo, pero pensó que eso cambiaría una vez le regalara el anillo luminoso. Necesitaba extraer más de la sustancia y para ello tenía que romper la cubierta protectora de la cápsula. Sus empleados de la chatarrería, Israel y Admilson, se turnaron para machacar el aparato, primero con el martillo y luego con el combo, hasta rajar la cubierta protectora; eran jóvenes y fuertes y no les costó demasiado. (Al mes siguiente ambos muchachos van a estar bien muertos y enterrados en ataúdes de plomo cubiertos de cemento; Admilson pasará su agonía gritando el nombre de su madre en el Hospital Naval de Río de Janeiro, donde lo trasladan en helicóptero, contra su…10)

Mandó llamar a amigos, parientes y vecinos, y entre todos repartió el milagro de las sales fluorescentes. Su compadre Marcio se guardó un puñado en el bolsillo y más tarde lo arrojó al corral de los animales, para alboroto de los pollos y los chanchos. Don Ernesto le regaló los granos a su mujer, quien se enojó de verlo aparecer borracho y arrojó el polvo por el inodoro sin mirarlo. A Claudio se le ocurrió que podía ser un tipo de pólvora diseñada por los militares y e intentó prenderle fuego con el encendedor, pero las sales no se quemaron ni se derritieron. Ivo, su hermano, se llevó algunas piedritas para pintar de luz el cuerpo de la pequeña Leide das Neves, que quedó encantada con el polvo mágico: la niña se sentó a comer la cena con las manos cubiertas de partículas brillantes.

Solo Gabriela se mantuvo apartada de la celebración. Estaba recelosa, impaciente, desconfiada de tanta alegría. Como perro que olfatea en el aire la tormenta, como pájaro que oye el disparo al otro extremo del monte, todo su cuerpo respondía al aviso del peligro.


Unos dijeron que había sido un feijão malo 11. Otros, que fue la insolación. Otros recordaron las aguas servidas bullendo de mosquitos y llamaron al instituto de enfermedades tropicales. Alguien dijo que había sido doña Lena, la santera que vivía en una casucha armada con unos palos improvisados detrás del aeropuerto, y algunos quisieron ir a prenderle fuego a la casa. Eso les pasa por emborracharse hasta la madrugada, dijo la esposa de uno. Son inventos de los empleados para no venir a trabajar, dijo el dueño de la fábrica. Guarde reposo, dijo el doctor.

Gabriela pasó toda la noche ardiendo en fiebre, pensando y cavilando. Pensó en la época en que tenía siete años y vio por primera vez el mar, en Paraíba, después de un viaje de tres días con su padre: un sentimiento atónito que entraba por la boca y dolía de tan grande. Pensó en cómo habían dormido en hamacas frente al mar. Pensó en cómo su padre vendía hamacas de pueblo en pueblo y la llevaba amarrada en la espalda, en cómo le daba de comer en la boca los alimentos que a ella no le gustaban (remolacha, sardinas, coliflor), en los chanchos de monte que habían visto correr en la plaza de Belem do Brejo do Cruz y en la tormenta eléctrica que los encontró una noche en campo abierto. Pensó en el día en que su padre le dijo: Ahí me esperas, y no volvió, y ella se quedó parada en esa esquina hasta que cayó la sombra, y ya nunca volvió a ver a su padre, de quien apenas recordaba la barba y el tatuaje de un ancla que decía: Deus te ama (y en todas las veces que había buscado ese tatuaje en los cuerpos de los hombres). Pensó en lo que era tener hambre, tener miedo, tener frío, en las mujeres de las lentejuelas rojas y las piernas largas que le dijeron: Cariño. Pensó en la época en que llevaba la cinta en el pelo y trabajaba en la farmacia en Espíritu Santo y en el hombre que entró a pedir pastillas para la garganta, y en cómo la miró, y entonces ella reparó en el tatuaje de ancla cerca de la muñeca. Pensó en cómo le dijo: Tengo catorce años, y en la hija de él que era casi de su misma edad y tenía un nombre que le pareció bonito: Dione. Pensó en el boticario que la curó después de que se hiciera aquello y que le dijo: Olvídate de tener hijos. Pensó en la sangre, en el miedo de morirse y en las ganas de morirse. En el rayo que cayó la noche de la tormenta a pocos metros del árbol bajo el que se resguardaba con su padre, en esa luz azul que se veía con los ojos cerrados y que quedó aprisionada en su cabeza durante todos esos años quietos, serenos, felices, con Devair. Pensó en que toda su vida no había hecho otra cosa que esperar el retorno de esa luz, que era la luz del diablo.

Cuando el amanecer avanzó a través de las cortinas ya había tomado la decisión. Se levantó sin hacer ruido, aún temblando por la fiebre, y se alistó para salir: un mechón de pelo negro se le desprendió de la cabeza y quedó enredado en el peine. Devair daba vueltas en la cama, la cara teñida de ese anaranjado irreal que había adquirido en los últimos días y fruncida en un gesto de inquietud. Le pidió perdón en silencio por lo que estaba a punto de hacer. Aguantando las náuseas, guardó el cilindro en una bolsa y partió rumbo al hospital.


Procuraduría de la república en goiás 30 nov. 1987
investigación policial n.º 54/87

El Instituto Goiano de Radioterapia fue creado el 2 de mayo de 1972 y recibió en 1974 el registro general en la Comisión Nacional de Energía Nuclear como usuario de material radiactivo, en su caso una bomba de cesio-137 modelo cesapan fabricada en Italia (marca Generaly). Posteriormente solicitó autorización para operar una bomba de cobalto-60, modelo Jupiter Jr. II de Generaly 12.

En medio de una disputa judicial y con la mudanza de la sede del Instituto Goiano de Radioterapia a la calle 1-A, N.º 305, Sector Aeropuerto, los propietarios del Instituto se llevaron la bomba de cobalto y abandonaron la bomba de cesio en el predio de la avenida Paraíba. El médico Amaurillo Monteiro de Oliveira, propietario, contrató albañiles para sacar del hospital las tejas, las ventanas, las puertas y otros materiales de construcción, dejando el local totalmente desprotegido y abierto para quien quisiera entrar.

Se desprende de la investigación que los médicos y propietarios de la empresa conocían el alto grado de peligrosidad de la bomba, pero optaron por dejarla y no comunicar en ningún momento a la Comisión Nacional de Energía Nuclear que estaban abandonando las instalaciones de la avenida Paraíba. La bomba de cesio llevaba tres años abandonada cuando la encontraron los recolectores de chatarra Wagner Mota Pereira, de diecinueve años, y Roberto dos Santos Alves, de veintidós.


Cementerio nuclear de abadia de goiás, 2021

En el bidón #305 está enterrada Kamilinha, la muñeca favorita de Leide das Neves. En el#2897 se encuentran aún los huesos de Titán, el perro de don Ernesto. En el#1758 están todas las fotos de la familia Alves Ferreira. En el bidón #65 se pueden encontrar las ramas del árbol de mango de la casa de Roberto Santos Alves. El bidón #3007 contiene los restos de las gallinas de Marcio. El bidón #2503 está lleno de pedazos de asfalto de la calle 57. En el bidón #13 está el diario de Gislene con la lista de todos sus amantes de 1982 a 1987. El bidón #492 guarda las herramientas de Devair. El bidón #666 tiene rollos de papel higiénico sin usar. En el bidón #27 está el vestido favorito de Lourdes das Neves, un traje de satén azul con flores amarillas. El recipiente #1234 tiene la carta que Israel nunca le mandó a su ex novia y que era la única que escribió en su vida. En el bidón #78 echaron la ropa que usó Gabriela Ferreira en el hospital mientras agonizaba. El bidón #75 contiene las botellas de cerveza Brahma del bar de la calle 26-A, muchas de ellas aún intactas. En el bidón #789 está vacío por un error de los trabajadores. El contenedor #89 oculta dos boletos de cine de la película E.T. En el bidón #1894 hay una caja de chocolates Garoto sin abrir que Luiza Odet se acababa de comprar del supermercado. En el bidón #2406 está el documento de identidad del hermano de Admilson, desaparecido durante la dictadura. En el bidón #785 hay un poema escrito en una servilleta que dice:

st air st air st air
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Paseo fotográfico por abadia de goiás

Diario de la mañana

En 1952 el vaquero Paulino Inácio Rosa, su esposa Salma Jorge Rosa y sus dos hijos construyeron la primera casa en una zona rural a veinte kilómetros de Goiânia. Uno de los hijos, Inácio, más conocido como Badico, enfermó de gravedad y tuvo que someterse a una complicada cirugía de la columna en Río de Janeiro: Salma Jorge Rosa prometió levantar una capilla para adorar a la Virgen si Badico volvía a caminar.

Diez años más tarde fue inaugurada la iglesia con la imagen de Nuestra Señora de la Abadía y el lugar, al que iba llegando cada vez más gente, pasó a llamarse Abadia de Goiás. La primera gasolinera fue construida por Dorivaldo –más conocido como Dori– que enseguida se la vendió a Gorgonio –llamado Nego Forte por todos–, quien amplió el lugar para convertirlo en la churrasquería Nego Forte, que se mantiene hasta hoy.

A apenas un kilómetro del municipio se encuentra el cementerio nuclear en un terreno custodiado las veinticuatro horas por el Batallón de la Policía Militar Medioambiental. En ese lugar, bajo dos promontorios de tierra cubiertos de pasto chamuscado por el sol, yacen cuarenta mil toneladas de basura radiactiva en tres mil ochocientos bidones metálicos guardados en una cámara de concreto.

El cementerio debía ser una solución temporal a un problema sin precedentes. Sin embargo, hace años que los vecinos de Abadia de Goiás reclaman en vano el traslado de la basura tóxica a otra parte de Brasil: la cuestión es que no hay quien esté dispuesto a acoger los residuos nucleares. La idea inicial de enterrar los desechos en una base de las Fuerzas Aéreas en el Amazonas fue abandonada tras las protestas de los indígenas de la zona, y ningún otro estado se quiere hacer cargo de un embrollo de esa naturaleza.

A raíz de la imposición del cementerio nuclear Abadia de Goiás optó por emanciparse y convertirse en un minúsculo municipio en 1995. Sin embargo, el problema continuará allí por un largo tiempo: el vertedero permanecerá radiactivo por los próximos trescientos años.


El año del accidente yo estaba embarazada de mi segunda hija y vivía a ciento cincuenta metros de la chatarrería de Devair en la calle 26-A. Todos pasábamos por las zonas prohibidas todo el tiempo: la gente iba y venía del trabajo por esas calles, los periodistas se metían a las casas a entrevistar a los afectados, los niños jugaban a las escondidas en las áreas contaminadas. Mi inocencia era tan grande que me quedé y tuve a mi hija ahí.

Dejé de pensar en lo sucedido. La ciudad creció muy rápido, se llenó de condominios y de barrios nuevos, de gente que llegaba de Bahía o de Maranhão con toda su familia y a la que lo que había pasado aquí no le importaba. Total, acabábamos de salir de la dictadura y estábamos entrenados para olvidar. Mis hijas crecieron, yo descubrí el boxeo después de los cuarenta y empecé a entrenar en un gimnasio por la zona del aeropuerto y a participar en algunos campeonatos regionales. Un día pasé por la calle 57 y vi un grafiti en una pared. Se trataba apenas de un dibujo, sin ninguna palabra escrita, pero cuando lo miré volvió a mí toda la historia, con todos los detalles.

Grafiti mural en blanco y negro con una figura antropomorfa de rasgos monstruosos a la izquierda, una calavera al centro y una figura con traje protector y símbolo de radiactividad a la derecha, junto a formas orgánicas entrelazadas

Fue como si ese dibujo sin firma en una pared en ruinas le estuviera contestando a la época. Estuve tanto tiempo mirándolo, asombrada de mi propia memoria, que perdí el ómnibus. Volví a casa caminando, pensando, discutiendo conmigo misma, y al llegar revisé a mi hija menor desde las orejas hasta la punta de los dedos en busca de la falla, del error. Ella quería saber qué me pasaba, por qué me había vuelto loca de repente: no iba a entender nunca.

La siguiente vez que fui a entrenar me detuve en la calle 57 para tratar de averiguar más sobre el grafiti: nadie pudo decirme quién lo había hecho o desde cuánto estaba. Un vecino explicó que ese predio estaba vacío y abandonado desde hace muchos años: en la noche se juntaban los jóvenes ahí para escuchar música y drogarse. Capaz ellos mismos lo pintaron, sugirió. Di vueltas por toda Goiânia buscando grafitis similares, pero no encontré nada. Donde estaba el Instituto Goiano de Radioterapia había un Centro de Convenciones enorme y ostentoso. Y en toda la ciudad no existía una sola plaqueta que contara lo que ocurrió.

Una tarde, mientras regresaba del gimnasio, una sensación rara me hizo pararme en la calle 57. Al principio no supe qué era, apenas tuve la impresión de que algo faltaba o estaba fuera de lugar. Después lo vi. Era el muro. El grafiti de la calle 57 no estaba, había sido cubierto por una gruesa capa de pintura todavía fresca. Nunca el color blanco me había parecido tan brillante y tan siniestro. Una mujer que barría la puerta de su casa notó mi perplejidad. Hasta que al fin el municipio tapó ese garabato horrible, dijo contenta. Dicen que van a hacer un salón de belleza en este lugar.


La banda se llama Carne Radiactiva. Zé Maconha toca la batería, Chica Suicida el bajo, yo le doy a la guitarra, mi novia es la de los coros. Todos somos de Jardim Novo Mundo, solo tocamos en zonas contaminadas, el lugar se decide la noche antes. Ninguno de nuestros padres tiene casa propia. La primera vez cayeron unas treinta personas al concierto, a la siguiente éramos cincuenta, ahora ya somos más de cien. ¿Que si nos da miedo el cáncer? Amigo, antes del cáncer nos van a liquidar la policía.


Una vez se nos perdió el chanchito. La Dedé dejó la puerta del corral abierta sin darse cuenta y Lampião aprovechó para escaparse por la noche. Nos afligimos mucho. El chanchito se había criado con nosotros, en días de frío mi mujer le ponía una bufanda. Lloramos pensando en que lo podían haber matado. Alguien vino a la casa. Dijo: ¿Por qué no le rezan a la santita? Es milagrosa. La mujer del carpintero, que no podía concebir, parió a una niña sana después de dejarle una ofrenda. Mi mujer: ¿Y quién es esa santa? Ese alguien: Leide das Neves, santita poderosa porque murió niña y sin cometer pecado. Sobrina de aquel hombre, Devair, el que desgració a su familia y sus vecinos con la luz envenenada. La pobrecita murió toda reventada. Mi mujer: ¿No es cosa de macumba? Aquel: Está enterrada en suelo cristiano, allá en el cementerio Parque. En ocasión de su muerte una multitud se congregó para impedir su entierro, temiendo que fuera a contaminar el cementerio, y hasta piedras le arrojaron. Los vándalos atacaban la tumba de la niña. Pero con el tiempo se vio que hacía milagros y ahora siempre hay flores y velas y cartas de agradecimiento junto a su lápida. Dudábamos, pero era tanta nuestra necesidad. Mi mujer salió rumbo al cementerio con un par de velas bendecidas. Y esa tarde el hijo del vecino nos trajo a Lampião en los brazos. Dijo que lo encontró comiendo pasto en la cancha de fútbol, muy tranquilo. Ni un rasguño tenía el chanchito: lo revisamos. ¡Aleluya!, dijo mi mujer. Y se arrodilló para agradecerle a la santita por la misericordia.


A la casa se llegaba cruzando varios metros de pavimento destruido, cráteres de asfalto donde se aglomeraban los renacuajos. La casa era la última, casi escondida detrás de dos árboles de manga que arrojaban su sombra hacia la calle. Una mujer cobraba entrada y el niño guiaba a la gente en dirección al patio, en el que un toldo de plástico azul protegía de la inminente lluvia. Las gallinas se metían entre las piernas de los visitantes.

En el centro del patio, Devair sentado con la cabeza baja, soñoliento y muy borracho. Y a su lado, el presentador de traje que contaba:

Señoras y señores, este hombre sobrevivió a la radiación, las quemaduras, la muerte y el oprobio y la tragedia. Perdió a su esposa, su sobrina, su negocio, sus empleados, su familia, su salud, su cabello y sus amigos, ¡pero no perdió la dignidad, señores!

El poder de Dios es grande, gritó un borracho.

Este hombre no murió, continuó el presentador, está vivo por la gracia de Dios y para maravilla de los hombres. Señoras y señores, van a ser testigos de un prodigio inigualable. Este hombre entró en contacto con la muerte, con la inquina, con el demonio radiante. ¿Qué es el cuerpo sino la criatura que respira? Abran los ojos porque lo que van a ver no es para pusilánimes, señoras y señores: el brillo de la muerte, la fosforescencia del pecado, el hombre que resplandece en las tinieblas.

El niño se puso de puntillas para ver mejor y el presentador se acercó al interruptor para apagar las luces. Devair, borracho y ajeno a la multitud que convocaba, roncó.


Fuentes

Citación: Colanzi, Liliana. (2022) Ustedes brillan en lo oscuro. Editorial Páginas de Espuma, Madrid, España.

Toda la colección en formato digital: Ustedes brillan en lo oscuro

Notas

  1. una planta que se usa como colorante por el color rojo brillante de sus semillas semillas pulverizadas, vean https://coloramazonia.com/plantas/Achiote 

  2. scrap metal 

  3. un tipo de lotería, vean Wikipedia 

  4. una serpiente venenosa, vean The Animal Map 

  5. nombre en Brasil para las comunidades de escavos fugitivos que se farmaron en muchos países de Norteamérica, vean UNESCO 

  6. moneda de Brasil antes del real, vean Wikipedia 

  7. a type of cheaper corrugated metal roofing 

  8. thimble 

  9. cantante brasileño, vean YouTube 

  10. No se termina esta oración en la copia digital del cuento, tal vez la palabra faltante sea “voluntad”. 

  11. frijol, palabra portugeusa que se pronuncia «fay-zhown» 

  12. The “bombs” referred to here are actually teletherapy units used to treat cancer with radiation. 


CC BY 4.0. Currículo para uso educativo abierto.

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